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Perú: Fachada bamba

Juan Manuel Robles

El texto reflexiona sobre la ingeniosa pero trágica creatividad peruana, usando como símbolo un edificio camuflado con una fachada de vinilo que imita ventanas y balcones en Lima. Esta fachada engañosa oculta un probable almacén clandestino, peligroso por su potencial de causar catástrofes como el reciente incendio que destruyó cinco edificios. La narrativa conecta esta viveza criolla con casos similares, como la fachada falsa de Telesup, y critica la corrupción del Congreso, que modifica leyes para favorecer intereses empresariales a costa de la seguridad pública. Finalmente, el autor lamenta que el ingenio se malgaste en trampas y resalta cómo el humor y la indignación se entrelazan en la identidad peruana.

«Y qué cosas, la Sunedu ya no existe, la mató este Congreso, un Congreso que también, a su modo, es una fachada»

Nada me ha parecido tan poético en los últimos días, tan cargado de simbolismo —y de belleza, belleza peruana—, que la imagen de un edificio de diez pisos cubierto por una ilustración gigante que simula ventanas, mamparas, balcones y hasta jardineras con plantas colgantes. Es un conjunto de banners enormes impresos a todo color en vinilo, cuya minuciosidad —todo está perfectamente cortado y pegado— resalta en la misma medida que su oscuro propósito: camuflarse, ocultar que se trata de un edificio sin ventanas, construido en el centro de Lima con el probable fin de ser un almacén no declarado para alojar allí mercancías sin control.

El embuste gráfico incluye siete ventanas en cada piso, con imágenes de cortinas semiabiertas, persianas verticales, bisagras. La prensa habla de un “descubrimiento”, pero en realidad no ha habido tal cosa. El edificio ha estado allí, visible con sus ventanitas de mentira —dibujos de un universo arquitectónico cuyo estilo no tiene nada que ver con las casas de la zona—, pero ahora todos voltean a mirarlo porque un incendio ha despertado la alarma sobre este tipo de construcciones: almacenes clandestinos, irregulares o sin licencia, que al no tener control pueden contener una enorme cantidad de objetos inflamables y apiñadísimos que, en caso de incendio, provocarán una rápida catástrofe (el almacén que se incendió el 3 de marzo causó la destrucción de cinco edificios aledaños).

Y yo no dejo de pensar en la mente maestra detrás de este dibujo gigante. En la idea, en la noción paisajística, el ánimo lúdico, cachoso; en la farsa que se destruye con los portones altísimos, evidentemente previstos para camiones, del primer piso. Y me siento viejo, al menos un poco; me siento, digo, como esa maestra gruñona que en pleno examen descubre los rollitos ocultos en el interior del lapicero Pilot, en los que están contenidas las lecciones de la clase en letra minúscula (punto 6, finepen delgadísimo), y después de suspender al plagiario le dice a toda la clase: si usaran la mitad de esa inteligencia para estudiar. Sí, pues. Hay algo de malversación del talento en esa fachada de fantasía, algo de desperdicio de recursos en el hecho de que el orden y la prolijidad —supuestamente inviables— sean posibles para la trampa.

Uno ve la construcción y no puede dejar de pensar en el antecedente de la universidad Telesup, que gracias a su fachada simulaba ser un edificio enorme e imponente pero que, mirando con un dron, no era otra cosa que un panel de triplay sin nada detrás (con acabados y ventanas para aparentar, eso sí). Y de pronto recuerdo que por esa y otras fechorías, a Telesup le quitó la licencia la Sunedu. Y qué cosas, la Sunedu ya no existe, la mató este Congreso, un Congreso que también, a su modo, es una fachada: escaños impresos en vinilo con representantes de cartón para camuflar de institucionalidad venerable aquello que hace tiempo no es más que tráfico y venta de intereses, para jefazos que están atrás, detrás de las puertas falsas de las oficinas, en los sótanos interconectados por los túneles para la red de putas.

El Congreso que hace pantomima de representar nuestros intereses trama cosas terribles detrás de la fachada. Por ejemplo, modificaron la ley 31914, que es la que regula la facultad que tienen las autoridades municipales de clausurar locales que no cumplan normas. Es por esa modificación que ahora ya no se puede cerrar locales con el alcance con el que podía hacerse. El caso del Plaza Mall Trujillo, donde se cayó un techo que mató a seis personas, ha mostrado que esta limitación puede ser fatal. Aun así, los gremios empresariales defienden la modificación porque dicen que evita las “prácticas abusivas”. Para esta gente la posibilidad de clausurar un mall gigantesco es más terrible que las muertes que se pueden producir. Y si en el camino del lobby debilitan también la posibilidad de clausurar almacenes clandestinos llenos de plástico, pues ni modo. El Perú de siempre: el informal y el formalísimo son hermanos en el dolor (de las inspecciones).

Entonces pienso en la historia de la viveza criolla peruana durante el joven siglo. Y entiendo que si durante nuestros años de bonanza, en que el país crecía a pasos gigantes y nos regodeábamos con la palabra “desarrollo”; si en ese periodo fantástico, digo, ninguna de estas prácticas se reguló efectivamente ni se hizo un esfuerzo por vivir de otra manera, ¿qué nos toca esperar ahora? Ahora que regresó la crisis; ahora que hemos vuelto al reino de la supervivencia, del sálvese quien pueda, de avivarte para que no se aviven contigo, de madrugar para que no te madruguen. Pues no creo que podamos esperar mucho. Además, el hampa y la letra chiquita no pueden regular al hampa y la letra chiquita.

Y como en otras épocas, queda observar el resultado de esta creatividad nuestra, la creatividad inagotable del hombre de ese país que se jodió —¿cuándo?— su ingenio de niño o, mejor, de piraña. Queda mirar el vinilo y las plantas colgantes, el detalle de los muebles “detrás” de la ventana, e inevitablemente soltar una risa, es más, matarnos de risa al ver ese armatoste de diez pisos encima de las casitas, ¡caletaza!, y decirnos que eso es el Perú: la indignación interrumpida por la carcajada más plena. Luego vendrá el llanto.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 724 año 15, del 14/03/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com

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