El magnate y la obispa
Juan Manuel Robles
El magnate Elon Musk y la obispa Mariann Budde han mostrado muy gráficamente dos extremos de cómo se puede usar un púlpito en una ocasión única, descolocando a la audiencia y ganando titulares. Son dos manifestaciones de nuestra especie que están en las antípodas y que tal vez anuncian el tiempo que se nos viene. Dos líderes dirigiéndose al poder y saludando un nuevo comienzo, ambos en un estrado, en ceremonias destinadas a dar la bienvenida al segundo mandato de Donald Trump.
Solo que mientras la obispa episcopal Budde usa su intervención para pedirle al hombre más poderoso del mundo que tenga un poco de humanidad —luego de sus anuncios de deportaciones masivas, fin del apoyo a todos los refugiados sin distinción y ataques contra las políticas de diversidad—, Musk la usa para lanzar un saludo nazi.
Verlos a ambos, a Musk y a Budde, es una demostración de lo fuerte que puede ser la voluntad de dejar claro algo. De manera muy distinta, por supuesto. Hay una evidente valentía en decirle de frente al nuevo presidente —un sujeto que acaba de indultar a medio millar de desadaptados que fueron a la cárcel por asaltar el Capitolio— que los migrantes no son criminales y que piense en los niños que temen que sus padres sean deportados. En cambio, en levantar la mano sabiendo exactamente a qué estás aludiendo, como un adolescente imbécil, no hay tal cosa. Todo lo contrario. Es saludar al poder bravucón desde la bravuconada “polémica”. Es decirles a todos: haremos lo que nos dé la gana, y qué.
Mientras Musk se hace el chistoso desde el privilegio, Budde habla bien claro arriesgándose a perder todos sus privilegios. Musk, el hombre más rico del mundo, negará lo hecho y usará su red social para que veamos a gente que plantea una duda razonable de que su mano alzada sea lo que parece ser (mientras, enterrados bajo muchos tuits, historiadores del nazismo afirman categóricamente que lo de Musk sí fue un saludo nazi). Budde, primera mujer que llega a obispa en la Diócesis Episcopal de Washington, reafirmará lo que dijo ante la prensa, con aplomo y soltura, deseando que ojalá su pedido haga eco y llegue a más gente.
—No, no voy a disculparme por lo que dije.
Lo de Budde estremece e inspira, vemos su rostro mirando a Trump y nos asalta ese nerviosismo que se siente al ver a un atleta realizando una bella proeza de alto riesgo. Su calma increíble nos hace pensar en un espíritu superior. Lo de Musk indigna, como indigna la cobardía que se realiza desde el blindaje. Su calma no es calma: es la impavidez enardecida de los bullies.
Budde nos hace sentir orgullo. Musk nos hace sentir vergüenza.
Estados Unidos, país de los extremos, de los tiroteos en los colegios y las guerras eternas, a veces nos da estas sorpresas. La contundencia de los gestos, el show insólito que deja una lección, los héroes insospechados. El presidente Trump anuncia un decreto para que los nacidos de padres indocumentados en Estados Unidos no tengan la ciudadanía —una aberración extrema—, informando además que los inmigrantes “ilegales” ya no tendrán lugares seguros pues se harán redadas incluso en las iglesias; y como un guion de Hollywood, es justamente la sacerdote de la segunda iglesia más grande del país quien le pide —mirándolo a los ojos— piedad para aquellos que tienen miedo (y lo hace como quien llama al sentido común, que es lo único que queda cuando se está frente a personas que tienen atrofiada la empatía). En su púlpito, en tanto, Musk decide sumarse a la irracionalidad de un presidente lleno de medidas discriminatorias, y lo hace justamente con una alusión al movimiento histórico que mandó a colocar un brazalete a aquellos que “amenazaban” la supervivencia de la nación.
Mientras Budde explica que se atrevió a hablarle a Trump porque sus medidas pueden hacer que los estadounidenses se sientan con “licencia para ser crueles”, Musk emula a un hombre infame que encarnó como pocos la crueldad, como si fuera un chiste.
La obispa Budde le dice en su cara al presidente convicto que para lograr la unidad es necesario negarse a “rechazar, burlarse, minimizar o demonizar” a otros. Musk descalifica a la obispa por haber adquirido el “virus woke”.
Hay que agradecerle a Musk su saludo fascista, que nos da una pista temprana de lo que vendrá (no olvidemos que es el mismo señor que se jactó de lo libre que es su plataforma de inteligencia artificial mostrando el gráfico de Mickey Mouse con uniforme nazi). Pero sobre todo hay que agradecerle a la obispa Budde, porque da un ejemplo vívido de algo muy necesario: quienes no quieran someterse (y serán millones) ya tienen un primer paradigma de resistencia, de palabra y de razón.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 717 año 15, del 24/012/2025
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